Presentación de los libros "Vida, muerte y azúcares" y "Materiales y tecnología en las primeras civilizaciones", a cargo del Profesor Francisco Texidó Gómez
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Ilmo. Sr. Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Calamonte, Sr. concejal, Señoras y Señores, amigos todos:
Muchos discursos, o presentaciones como esta, empiezan con frases tan manidas como: es para mi un honor, etc. Pero en este caso, lo más oportuno, lo más correcto y, sobre todo, lo más acertado es comenzar diciendo que es para mi un honor y, sin lugar a dudas, motivo de agradecimiento, que Paco, mi amigo, me haya encargado la presentación de este acto. Intentaré poner lo mejor de mi para corresponder, siquiera parcialmente, a tan importante consideración.
Por compartir el mismo lugar de trabajo, he vivido durante estos últimos meses la ilusión, la impaciencia, la ansiedad, a veces la angustia, en fin, todas las emociones que ha tenido Paco y que han precedido este momento y, de alguna forma, las he sentido con él, porque, algunas, las he compartido con él. Pero por fin ya llegó el día que, estoy seguro, será el principio de una dilatada actividad intelectual.
Los autores de estos libros dedican su vida a la enseñanza. Antonia se licenció en Biología por la Universidad de Extremadura y lleva dos años impartiendo clases de su especialidad científica en centros de Bachillerato; también ha trabajado en el departamento de Microbiología de la UEX y ha participado en congresos científicos.
Paco, por la diferencia de edad, tiene un currículum más dilatado que su hermana. Se licenció en Química en la UEX y lleva 14 años enseñando Física y Química en centros de bachillerato y 11 Bioquímica en la Escuela de Enfermería de Mérida. Ha publicado diversos trabajos en revistas científicas, ha presentado comunicaciones a congresos de su especialidad, es autor de un libro, Cuestiones curiosas de química, que, editado por Alianza, es un auténtico record de ventas en su género, ha sido preparador de alumnos que han participado en olimpiadas de química en los ámbitos regional, nacional e internacional, es autor de una patente, legalmente registrada, sobre un juego didáctico de química, etc.
Paco y Antonia son los artífices de dos libros de los que me voy a ocupar con vuestro permiso y paciencia. Son el fruto de un gran esfuerzo, de mucho tiempo, de muchos sinsabores, de muchas horas robadas al sueño y al recreo y que ahora, a partir de hoy, representan la expresión perfecta de una ilusión cumplida. Son dos textos pioneros en Extremadura de una editorial singular, porque nadie hasta ahora había creado una empresa de esta índole para divulgar la ciencia, algo muy necesario en España.
Vivimos en un mundo de vértigo, todo ocurre a gran velocidad, todo sucede sin pausa, sin tiempo suficiente para absorber los cambios profundos de nuestra época. Se hace realmente difícil darse cuenta del conocimiento que discurre a nuestro alrededor y que no podemos asimilar, por falta de tiempo, de ganas o de sabiduría. Y esto, que concierne a todos los ámbitos de la cultura, se hace especialmente complejo cuando nos referimos al conocimiento científico. La ciencia y la técnica nos desbordan. No las conocemos. Nos faltan muchos datos para entender todo lo que ocurre a nuestro lado. Se hace difícil encontrar una persona que sea capaz de explicar claramente el funcionamiento de la televisión, los fenómenos físico-químicos que suceden en la fotosíntesis, los fundamentos de un acelerador de partículas, la importancia de la capa de ozono, la física del estado sólido, las bases de la genética molecular, la física cuántica… y tantos y tantos conocimientos necesarios para comprender la sociedad de la que formamos parte.
Y esto no siempre ha sido así. El vértigo científico y sus aplicaciones técnicas forman parte de la modernidad. Hasta bien entrado el siglo XVI los autores de la ciencia clásica son los modelos a seguir. Aristóteles, Ptolomeo, Galeno, Dioscórides… son la fuente única de la sabiduría; todo lo que dicen es cierto, ellos son la máxima autoridad, mejor, la única autoridad intelectual. Si los ojos indicaban que las enseñanzas de esos sabios no se ajustaban a las observaciones, los errados eran los ojos; si los hechos demostraban lo contrario de lo que exponían sus doctrinas, algo fallaba en los hechos. Pero la verdad siempre se abre camino y los científicos de los siglos XVI y XVII empezaron a desbrozar las intrincadas sendas de la sabiduría y facilitaron el acceso de generaciones posteriores. Así, el camino de la ciencia se hizo cada vez más diáfano y sus peregrinos viajaron por él a una velocidad cada vez mayor.
El importante físico español García Moliner ha escrito recientemente que se hace necesario que "la gente tenga una idea de cómo funciona la ciencia, una actividad a la vez normal y extraordinaria, practicada por una variada fauna en la que cada cual busca su fórmula y en la que hay tantos estilos de hacer ciencia como individuos que la realizan. También es necesario que los propios científicos reflexionen mucho más de lo que acostumbran sobre cómo es el mundo en el que viven y con el que necesariamente tienen que relacionarse. Es necesario que la gente tenga una idea más precisa de cuanto se está cociendo en nuestro mundo de asombrosos descubrimientos y el panorama fascinante al que se asoma el futuro."
Por todo lo dicho es imprescindible que los hombres de ciencia nos muestren, en un lenguaje accesible, gran parte de los conocimientos que atesoran, sin desdeñar la divulgación científica, lo que no implica caer en la despreciable vulgarización, más propia de algunas formas de periodismo científico. Y esto, con ser, me atrevo a decir, imprescindible, es una tarea que, de manera casi general, desdeñan los científicos españoles. Conocemos libros espléndidos en los que han vertido muchos de sus conocimientos, de una manera amena y distendida, eminentes investigadores extranjeros y sin embargo, en España, con alguna excepción, es raro que el hombre de ciencia enseñe algo de lo que sabe.
Perdonen esta, quizás, larga digresión, pero creo que era necesaria para resaltar el propósito de la espléndida empresa cultural que se inicia con estos dos libros: Vida, muerte y azúcares y Materiales y tecnología en las primeras civilizaciones.
Los dos textos están estructurados de la misma forma: en una primera parte, Paco y Antonia nos acercan de una manera más o menos general a los aspectos científicos que tratan y, a lo largo de todo el relato, hay una serie de llamadas en las que el lector interesado podrá ampliar muchos de los conceptos. Esto tiene un doble objetivo, divulgar la ciencia y enseñarla en su aspecto más difícil, lo que implica que ambos libros serán útiles para el profesor e instructivos para el alumno y el público en general.
Vida, muerte y azúcares es el primero de los libros de divulgación científica de una que, espero y deseo, sea una larga serie de títulos dedicados a poner en claro muchas formas del conocimiento.
El libro está organizado en seis capítulos en los que los autores pasan revista a la importancia que tienen los carbohidratos en la vida de una persona, de forma que cualquier error relacionado con el metabolismo de estas sustancias puede ocasionar alguna enfermedad. Ese es el porqué de que la muerte y la vida figuren en el frontispicio de este libro estupendo.
Paco y Antonia nos presentan, paso a paso, esas moléculas tan poco conocidas, a pesar de lo mucho que se las nombra en los medios de comunicación. Después, vemos cómo se mueven, cómo han intervenido en la historia de la humanidad, cómo participan en nuestras vidas, cómo pueden condicionar nuestra actividad y, en fin, cómo es posible que el desgobierno de alguna de ellas reduzca nuestra existencia. Es decir, Vida, muerte y azúcares es un libro en el que estas moléculas intervienen en la historia, en la salud y en nuestra cotidianeidad.
La obra acerca los glúcidos a la historia. Así, uno de los derivados de la glucosa, la vitamina C, es el punto de partida para que entren en el escenario bioquímico los navegantes de los siglos remotos. La sacarosa, el azúcar de mesa, sirve, entre otras cosas, para conocer que cuando Francia no puede disponer del azúcar de caña, como consecuencia del bloqueo de sus permanentes amigos británicos, tiene que ingeniárselas para extraer la misma sustancia de otras plantas; y así, Delessert, en la época de Napoleón, crea la primera azucarera que utiliza remolacha como materia prima para la obtención de sacarosa. Y vemos la relación de la celulosa con el cine, con esas "estrellas del celuloide" que muy pocos saben si la raíz homónima de la palabra es casual o prestada; y aprenden que el material con el que se hicieron las primeras películas contenía un derivado de la celulosa, además de alcanfor y alcohol, esto es, nitrocelulosa, que arde fácilmente. Este detalle sirve para que Paco y Antonia nos recuerden la escena del incendio, en plena proyección, de la película Cinema Paradiso. En fin, entre otras muchas cosas, los autores nos explican cómo hacían los romanos para impedir que el vino se picara, algo que evitaban añadiendo creta ya que ésta contiene carbonato cálcico y los iones carbonato reaccionan con los de hidrógeno disminuyendo su acidez.
El libro de los hermanos Vinagre Arias también nos adentra en los asuntos relacionados con la salud. Por ejemplo, nos muestra el hecho de que cierta enfermedad conocida como galactosemia, alteración que está grabada en nuestros genes, es la consecuencia del no funcionamiento de una enzima, cuyo nombre no diré para no escandalizar a los no iniciados. El resultado es la imposibilidad de metabolizar la galactosa, azúcar constituyente del principal glúcido de la leche, la lactosa. La enfermedad será desastrosa para el recién nacido, salvo que se le den unos estupendos biberones sin lactosa, algo muy fácil de conseguir en la actualidad.
También nos enseñan la relación, más conocida por el público en general, de los azúcares con la diabetes. Por eso, el apartado dedicado a esta enfermedad es explicado con gran profusión: alteraciones metabólicas, consecuencias de las mismas, problemas anatómicos subsiguientes, diferencias entre las diabetes mellitus e insípida, diabetes de tipo I y de tipo II, etc. Además, este capítulo está adornado, como todo el libro, con los dibujos del profesor Jesús Enrique Ambrona, que ya va siendo hora de mencionar las ilustraciones estupendas y, en muchos casos, graciosas, que adornan estos dos textos. En Vida, muerte y azúcares, el olor a acetona que exhala el aliento de los diabéticos da pie a que una niña, poco considerada, le espete a su acompañante: "Déjame en paz, no quiero ser tu novia porque tu aliento huele a acetona"; actitud poco científica que se ve compensada con el dibujo de al lado en el que un médico advierte a la madre de la despechada: ¡María, dile a tu hija que el olor a acetona es por la diabetes!
En tercer lugar, Vida, muerte y azúcares aproxima la ciencia a la vida cotidiana. Todos conocemos el auténtico éxito editorial que supuso el libro de Paco, ya citado, Cuestiones curiosas de química, espléndido recorrido por la química de la vida diaria. Ahora, con esta obra, los hermanos Vinagre Arias hacen lo mismo en su aspecto más bioquímico. Por ejemplo, nos cuentan lo que sucede, desde la faceta molecular, con el músculo de un corredor de 100 metros lisos y con otro de maratón; el consumo de glucógeno durante la actividad física, algo que parece conocer uno de los albañiles que ilustran la obra; la importancia que tienen los azúcares en esas bebidas tan de nuestra civilización como son el vino y la cerveza; y, finalmente, lo fácil y dulce que es romper una botella de ese espumoso líquido en una película del Oeste, lo que sucede porque esos cristales falsos tienen, principalmente, sacarosa, es decir, el azúcar que endulza nuestro vasos de leche (incluso se transcribe una receta para construir unas botellas con las que podemos sorprender a nuestros amigos).
El segundo libro que presentamos hoy es: Materiales y tecnología en las primeras civilizaciones, un repaso de los conocimientos empíricos que, en relación con la ciencia y la técnica, tuvieron nuestros antecesores, tanto prehistóricos como de culturas más recientes, incluyendo la egipcia.
Es un hermoso paseo en el que los autores, como por encanto, nos van adentrando en numerosos detalles de las culturas de los pueblos primitivos y, poco a poco, van apareciendo conceptos científicos de diversa índole que se imbrican unos sobre otros como para demostrar que la ciencia es una, que no quiere adjetivos, aunque nosotros en los últimos años la hayamos dividido, parcializado, compartimentado. En estos libros se aprende que la ciencia es una parte de la cultura, y no un jirón.
Paco y Antonia hacen alarde de sus conocimientos científicos y técnicos, ya sean pertenecientes a las matemáticas, o a la física, química, biología, medicina, arquitectura, astronomía, ingeniería, etc. para mostrarnos el basamento cultural de muchas operaciones que se han realizado en los tiempos pasados. Algo que se forjó, casi siempre, careciendo de los más rudimentarios saberes científicos. Veamos algunos ejemplos.
En el libro se explican los fenómenos físicos de la convección, conducción y radiación a propósito de las prendas de abrigo que utilizaban los homínidos del Paleolítico; la energía potencial elástica y la energía cinética que se producen al tensar un arco y lanzar una flecha. Los hermanos Vinagre Arias nos enseñan química al indicarnos cómo eran los colorantes que utilizaron los primeros artistas que adornaron las cuevas donde se refugiaban; colorantes que obtenían, por ejemplo, de óxidos de hierro y manganeso. Nos adentran en el complicado mundo de la metalurgia de todas los pueblos estudiados: el trabajo del cobre, hierro, plomo, estaño, la creación de aleaciones con estos metales, los fundamentos físico-químicos que permiten la mezcla de metales diferentes, los procesos que se requieren para separarlos, etc.
En este apasionante recorrido por la cultura de las primitivas civilizaciones llegamos a las que fueron impresionantes muestras de la estética de la época, me estoy refiriendo a una de esas obras calificadas como maravillas del mundo, los Jardines colgantes de Babilonia. Levantados sobre terrazas escalonadas que, necesariamente, debían ser sustentadas por enormes bóvedas porque encima de ellas había una vegetación exuberante que hundía sus raíces en el terreno. Lluvia y raíces, peligros potenciales de estas construcciones, no realizaban acción alguna sobre ellas ya que su superficie se impermeabilizaba con betún, resina y láminas de plomo.
También podemos conocer detalles de la técnica de las civilizaciones estudiadas, de la agricultura de muchos pueblos primitivos: las plantaciones que realizaban, los métodos de fertilización, sus preferencias alimenticias, las consecuencias del uso de ciertos alimentos; conoceremos la industria naval que permite a los egipcios adentrarse en el Mediterráneo con naves en cuya construcción se utiliza la madera de acacia o de sicomoro en una primera época y la de cedro después. Y este detalle, cuya consecuencia inmediata fue el gran número de expediciones faraónicas hacia el Líbano en busca de la preciada madera, es la excusa para explicar el fundamento físico del equilibrio de una nave, la importancia de la quilla en la navegación y los sistemas de fuerzas que se crean al utilizar el timón. También conoceremos las operaciones matemáticas y astronómicas que se realizaban para levantar esas maravillas de la arquitectura que son las pirámides.
En el libro de los hermanos Vinagre Arias hay un lugar para la medicina y la farmacología de diversas civilizaciones. De la egipcia nos presentan detalles ginecológicos interesantes para saber si "ese retraso" tiene su razón de ser en un embarazo y para usar un anticonceptivo, desaconsejable por razones higiénicas, en la mujer de hoy, porque estaba hecho con vainas de acacia, coloquíntida y dátiles machacados con medio kilo de miel, emplasto que se debía colocar… en fin… Además, aparecen en el libro los primeros supositorios, hechos con barritas de sebo o torundas de algodón a las que se añadían los fármacos. También se dan cita, ¡cómo no!, los primeros odontólogos capaces de realizar ortodoncias, aunque Paco y Antonia no nos dicen lo que cobraban, algo que nos tendrían que haber explicado para saber si hay un precedente histórico a las actuales minutas.
La cosmética también tiene su sitio: el maquillaje de los ojos, hecho con galena, sulfuro de plomo, los labios pintados con óxidos de hierro, el ennegrecimiento de las cejas con antimonita, sulfuro de antimonio, los peines de marfil, las pinzas de bronce, las navajas de afeitar de lo mismo, los baños con aceites y alcoholes de jazmín, madreselva o jacinto…y en fin, también tienen su lugar, y muy importante, las técnicas egipcias de embalsamamiento con su correspondiente justificación científica.
Otras cosas se podrían decir de estos dos textos, pero muchos de los presentes son amigos míos y deseo que continúen siéndolo, por lo que sólo me queda felicitar a los autores y recomendar la lectura de estos libros, con la seguridad de que será una forma espléndida de ocupar el tiempo y una manera extraordinariamente original de acercarse a la cultura.
Muchas gracias.