Agustín Caballero Hurtado es licenciado en Ciencias Químicas
por la Universidad de Extremadura, ha trabajado en el Laboratorio Agrario
de Cáceres, ha publicado en el Boletín de la Sociedad Química
de Francia, imparte clases de su especialidad en diversos Institutos de
Bachillerato desde hace 15 años y acaba de escribir un libro en
el que ha confiado la Editorial Filarias: Compuestos orgánicos.
Formulación, nomenclatura, estructura, propiedades y curiosidades.
El director de Filarias, Francisco Vinagre Arias, es un auténtico
impulsor de la ciencia en Extremadura, o quizá mejor, desde Extremadura,
porque los libros de su editorial se han vendido, y se venden, en todos
los rincones de España, desde La Coruña a Murcia y desde
Huelva a Gerona. Es un hecho que el texto con el que empezó su
andadura editorial, Materiales y tecnología en las primeras civilizaciones,
casi ha cumplido su primera edición y esto en una editorial nueva,
con un libro de divulgación científica y en dos años,
estoy seguro que es un record mundial que se debe al esfuerzo, trabajo
y buen hacer de Francisco Vinagre Arias.
Lo cierto es que mostrar confianza en el libro del profesor Caballero
no es un gran mérito, en la medida que se me antoja una de las
mejores guías didácticas que se han escrito sobre este asunto.
A primera vista, una obra sobre compuestos orgánicos, que nos describe
cómo son esas moléculas que están organizadas a base
de átomos de C, cómo se nombran y cuáles son sus
propiedades, un libro con estos contenidos, repito, parece que no fuera
más que un clon de otros que circulan, con más o menos fama,
por las librerías españolas desde hace muchos años;
sin embargo, nada más lejos de la realidad.
El texto del profesor Caballero es un todo coherente, todas las páginas
tienen sentido, todo tiene su porqué. Es un libro pensado, muy
meditado, un libro que, a buen seguro, habrá tenido muchas revisiones,
muchas horas ante el ordenador, ante los textos de consulta, habrá
requerido mucho tiempo para analizar lo escrito, para tachar, modificar,
etc. pero puedo asegurar que el esfuerzo ha merecido la pena.
Forman estos Compuestos orgánicos 22 capítulos en los que
se repasan las sustancias más sobresalientes este grupo, empezando
con el estudio pormenorizado de ese átomo tan especial, tan vital
(nunca mejor empleada esa palabra), ese átomo que es la razón
de ser del texto, el C.
Después, el autor, con un orden exquisito, va mostrando poco a
poco las diferentes moléculas que son la razón de ser de
su obra, su estructura, propiedades y reglas de su nomenclatura; acompañados
del imprescindible apoyo de unos ejercicios resueltos y comentados, unos
problemas propuestos con su correspondiente solución y las curiosidades
que adornan este magnífico manual. Y desfilan ante el lector, con
precioso ritmo, los alcanos, hidrocarburos, alcoholes, éteres,
ácidos carboxílicos, amidas, etc.
El texto no omite la íntima relación de estas moléculas
orgánicas con nuestra vida cotidiana, ya que la ciencia es algo
que está en lo profundo de nuestro acontecer, aunque algunos la
consideran la hermana menor de la cultura porque no son conscientes de
que todo lo impregna, de que en todo deja su sello. Y esto, Agustín
Caballero lo enseña con claridad cuando nos dice que son alquenos
algunas de las sustancias tan de andar por casa como el etileno, un gas
que se encuentra en muchos frutos maduros y que, por esa razón,
los ambientes que lo contienen son los apropiados para conseguir la maduración
artificial de esos tomates, por ejemplo, que se mantienen verdes en una
cámara frigorífica durantes meses; es la química
de los compuestos orgánicos aplicada a la agronomía.
Y después de estudiar los pormenores de los hidrocarburos aromáticos,
el profesor Caballero nos lleva a ese edulcorante que tiene una denominación
burocrática tan poco emotiva como E-954, que es esa pastillita
con la que endulzan el café con leche muchas personas y que llamamos
sacarina; cruel disculpa para, más tarde, comer media docena de
tocinos de cielo y continuar, por supuesto, engordando. O esa sustancia
de nombre tan poco atrayente como 2-hidroxi-1,2,3-propanotricarboxílico,
molécula que se encuentra en las células de todos los seres
vivos y que abunda en unas frutas tan cotidianas como las naranjas y los
limones y, además, en bebidas refrescantes, caramelos, helados
y un sinfín de productos. Ya habrán descubierto que es el
ácido cítrico, que junto con la sacarina citada antes son
una prueba de la química del C en la alimentación.
Cuando escribe sobre los derivados halogenados, el profesor Caballero
nos muestra que algunos de ellos son los impopulares CFCs, los propulsores
de los aerosoles, moléculas que provocan la reducción de
la capa de ozono; son los compuestos orgánicos en relación
con la contaminación.
En esta obra se nos enseña que algunas de las sustancias estudiadas
también son responsables de efectos indeseables sobre la salud
y la vida de las personas. Y es que algunas aminas, por su relativa simplicidad
estructural, pueden fabricarse en el laboratorio con cierta facilidad;
es el caso del éxtasis, el crack o la píldora del amor,
la sustancia química que está explicando ese profesor que
con corbata verde, pantalón rojo, chuleta en mano y cara de loco
ilustra la portada de este espléndido libro.
Es química la aspirina, que casi se ha convertido en medicamento
panacea, y amidas son el diazepam que alivia nuestra ansiedad, el paracetamol
que utilizamos como analgésico y la oxiclozamida que se toma contra
la Fasciola hepatica; prueba evidente de que muchos compuestos orgánicos
poseen propiedades terapéuticas.
También encontramos sustancias propias de la química del
C en nuestros cuartos de baño y en la cocina; a fin de cuentas
son ésteres los jabones y detergentes que nos ayudan en nuestra
higiene.
En fin, muchas otras cosas se podrían decir de este libro, y todas
para bien, pero creo que va siendo hora de terminar porque mis palabras
no quieren ser más que un estímulo para su lectura y estudio
para cualquier persona con interés por este asunto, muy especialmente
para los alumnos de bachillerato y universitarios y, sin duda alguna,
para los docentes de los ámbitos, químico, bioquímico,
biológico, etc.
Además, me voy a permitir pedirle públicamente al autor
que no se detenga en su labor, que nos sorprenda con más obras
que me dejen tan impresionado como ésta.
Sin embargo, todos los libros tienen alguna pega, siempre hay alguna imprecisión,
un pequeño desliz, inevitable claro está, algún lapsus
ineludible... y he de decir, aunque con algo de tristeza eso sí,
-que no por eso se empaña y empequeñece lo comentado hasta
aquí-, que estos Compuestos orgánicos tampoco escapan al
error, a pesar de ser en este caso una falta casi imperdonable, inadmisible,
y que me disculpe el autor, y es que el profesor Caballero podía
haber nacido antes porque, de esta manera, yo no habría tenido
que soportar unos increíbles tostones antididácticos de
formulación en la asignatura de Química orgánica
de mi licenciatura en Biología.
Muchas gracias.
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