Reseña firmada por el profesor Francisco Teixidó Gómez sobre el libro "Vida, muerte y azúcares" - Revista CÁTEDRA NOVA, junio 2002
Volver a la página anterior

CÁTEDRA NOVA- JUNIO 2002
Vida, muerte y azúcares
Francisco Vinagre Arias y Antonia Vinagre Arias
Ilustraciones: Jesús Enrique Ambrona Cordero
Editorial Filarias. Calamonte (Badajoz). 2002, pp. 220
ISBN: 84-932488-0-0


Los autores de este libro dedican su vida a la enseñanza. Antonia Vinagre se licenció en Biología por la Universidad de Extremadura; su hermano Francisco es químico por la misma Universidad y, además de docente de Física y Química en un Instituto emeritense, lleva 11 años enseñando Bioquímica en la Escuela de Enfermería de la capital de Extremadura. Es autor de un libro, Cuestiones curiosas de química (1996 y 1998), que, editado por Alianza, es, en su género, un auténtico record de ventas.
Vida, muerte y azúcares es el primero de una serie de textos de una editorial que quiere dedicarse a la divulgación de los saberes científicos: Filarias. Es un texto pionero, en Extremadura, de una editorial singular, porque nadie hasta ahora había creado una empresa de esta índole.
Vivimos en un mundo de vértigo, todo ocurre a gran velocidad, todo sucede sin pausa, sin tiempo suficiente para absorber los cambios profundos de nuestra época. Se hace realmente difícil darse cuenta del conocimiento que discurre a nuestro alrededor y que no podemos asimilar, por falta de tiempo, de ganas o de sabiduría. Y esto, que concierne a todos los ámbitos de la cultura, se hace especialmente complejo cuando nos referimos al conocimiento científico. La ciencia y la técnica nos desbordan. No las conocemos. Nos faltan muchos datos para entender todo lo que ocurre a nuestro lado. Se hace difícil encontrar una persona que sea capaz de explicar claramente el funcionamiento de la televisión, las modernas técnicas de la TEP (tomografía de emisión de positrones), los fenómenos físico-químicos que suceden en la fotosíntesis, los fundamentos de un acelerador de partículas, la importancia de la capa de ozono, la física del estado sólido, las bases de la genética molecular, la física cuántica… y tantos y tantos conocimientos necesarios para comprender la sociedad de la que formamos parte.
En un libro muy interesante, -La ciencia descolocada (2001)-, el importante físico español Federico García Moliner ha escrito recientemente que se hace necesario que "la gente tenga una idea de cómo funciona la ciencia, una actividad a la vez normal y extraordinaria, practicada por una variada fauna en la que cada cual busca su fórmula y en la que hay tantos estilos de hacer ciencia como individuos que la realizan. También es necesario que los propios científicos reflexionen mucho más de lo que acostumbran sobre cómo es el mundo en el que viven y con el que necesariamente tienen que relacionarse. Es necesario que la gente tenga una idea más precisa de cuanto se está cociendo en nuestro mundo de asombrosos descubrimientos y el panorama fascinante al que se asoma el futuro".
Por todo lo dicho es imprescindible explicar la ciencia sin desdeñar la divulgación científica, lo que no supone caer en la despreciable vulgarización, más propia de ciertas formas de periodismo científico. Por ello, creo que, además de los propios científicos -los que trabajan en los centros de investigación-, es importante que realicen la trascendental tarea divulgadora aquellas personas que, teniendo una formación científica importante, enseñan diariamente muchos de los entresijos de la ciencia.
Vida, muerte y azúcares está estructurado se la siguiente forma: en una primera parte, los hermanos Vinagre nos acercan de una manera más o menos general a los aspectos científicos que tratan y, a lo largo de todo el relato, hay una serie de llamadas en las que el lector interesado podrá ampliar muchos de los conceptos (que constituyen la segunda parte de la obra). Esto tiene un doble objetivo, divulgar la ciencia y enseñarla en su aspecto más difícil, lo que implica que el libro será útil para el profesor e instructivo para el alumno y el público en general.
El libro está organizado en seis capítulos en los que los autores pasan revista a la importancia que tienen los carbohidratos en la vida de una persona, de forma que cualquier error relacionado con el metabolismo de estas sustancias puede ocasionar alguna enfermedad. Ese es el porqué de que la muerte y la vida figuren en el frontispicio de este libro estupendo.
Los autores nos presentan, paso a paso, los hidratos de carbono; esas moléculas tan poco conocidas a pesar de lo mucho que se las nombra en los medios de comunicación. Después, vemos cómo se mueven, cómo han intervenido en la historia de la humanidad, cómo participan en nuestras vidas, cómo pueden condicionar nuestra actividad y, en fin, cómo es posible que el desgobierno de alguna de ellas reduzca nuestra existencia. Es decir, Vida, muerte y azúcares es un libro en el que estas moléculas intervienen en la historia, en la salud y en nuestra cotidianeidad.
La obra acerca los glúcidos a la historia. Así, uno de los derivados de la glucosa, la vitamina C, es el punto de partida para que entren en el escenario bioquímico los navegantes de los siglos remotos. La sacarosa, el azúcar de mesa, sirve, entre otras cosas, para conocer que cuando Francia no pudo disponer del azúcar de caña, como consecuencia del bloqueo que les realizaron sus permanentes "amigos" británicos, tuvo que ingeniárselas para extraer la misma sustancia de otras plantas; y así, Delessert, en la época de Napoleón, crea la primera azucarera que utiliza remolacha como materia prima para la obtención de sacarosa. Y vemos la relación de la celulosa con el cine, con esas "estrellas del celuloide" que muy pocos saben si la raíz homónima de la palabra es casual o prestada; y aprenden que el material con el que se hicieron las primeras películas contenía un derivado de la celulosa, además de alcanfor y alcohol, esto es, nitrocelulosa, que arde fácilmente. Este detalle sirve para que los hermanos Vinagre nos recuerden la escena del incendio, en plena proyección, de la película Cinema Paradiso. En fin, entre otras muchas cosas, los autores nos explican cómo hacían los romanos para evitar que el vino se picara, algo que conseguían añadiéndole creta, ya que ésta contiene carbonato cálcico y los iones carbonato reaccionan con los de hidrógeno disminuyendo su acidez.
Vida, muerte y azúcares también nos adentra en los asuntos relacionados con la salud. Por ejemplo, nos muestra el hecho de que cierta enfermedad conocida como galactosemia, alteración que está grabada en nuestros genes, es la consecuencia del mal funcionamiento de una enzima; el resultado es la imposibilidad de metabolizar la galactosa, azúcar constituyente del principal glúcido de la leche, la lactosa. La enfermedad será desastrosa para el recién nacido, salvo que se le den unos estupendos biberones sin lactosa, algo fácil de conseguir en la actualidad.
También nos enseñan la relación, más conocida por el público en general, de los azúcares con la diabetes. Por eso, el apartado dedicado a esta enfermedad es explicado con gran profusión: alteraciones metabólicas, consecuencias de las mismas, problemas anatómicos subsiguientes, diferencias entre las diabetes mellitus e insípida, diabetes de tipo I y de tipo II, etc. Además, este capítulo está adornado, como todo el libro, con los dibujos del profesor Jesús Enrique Ambrona, ilustraciones estupendas y, en muchos casos, graciosas. En Vida, muerte y azúcares, el olor a acetona que exhala el aliento de los diabéticos da pie a que una niña, poco considerada, le espete a su acompañante: "Déjame en paz, no quiero ser tu novia porque tu aliento huele a acetona"; actitud poco científica que se ve compensada con el dibujo de al lado en el que un médico advierte a la madre de la despechada: ¡María, dile a tu hija que el olor a acetona es por la diabetes!
En tercer lugar, Vida, muerte y azúcares aproxima la ciencia a la vida cotidiana. Muchos conocemos (fue reseñado en CÁTEDRA NOVA) el auténtico éxito editorial que supuso el libro, ya citado, Cuestiones curiosas de química, espléndido recorrido por la química de la cotidianeidad. Ahora, con esta obra, los hermanos Vinagre hacen lo mismo en su aspecto más bioquímico. Por ejemplo, nos cuentan lo que sucede, desde la faceta molecular, con el músculo de un corredor de 100 metros lisos y con otro de maratón; el consumo de glucógeno durante la actividad física, algo que parece conocer uno de los albañiles que ilustran la obra; la importancia que tienen los azúcares en esas bebidas tan de nuestra civilización como son el vino y la cerveza; y, finalmente, lo fácil y dulce que es romper una botella de ese espumoso líquido en una película del Oeste, lo que sucede porque esos cristales falsos tienen, principalmente, sacarosa, es decir, el azúcar que endulza nuestro vasos de leche (incluso se transcribe una receta para construir unas botellas con las que podemos sorprender a nuestros amigos).
En fin, Vida, muerte y azúcares es un libro muy recomendable para el público culto en general, para el estudiante de Biología o Química del último curso de Bachillerato o de los primeros años de carreras científicas (Biología, Química, Farmacia, Medicina, etc.) y para los profesores que imparten estos conocimientos porque encontrarán en él un apoyo estupendo para completar y adornar su docencia.
Francisco Teixidó Gómez